Hay muchas maneras de abordar qué es la cultura política, pero quiero destacar aquellas definiciones en las que se propone que se trata de un conjunto de “creencias” compartidas que legitiman determinadas prácticas sociales y también las que enfatizan que se trata de actitudes y valores que son compartidos en el seno de una sociedad y trasmitidos de generación en generación. Comento siete de estas actitudes o creencias que comparten amplios sectores sociales y que configuran parte de la cultura política nacional.
La victimización. Los actores políticos, pero también los líderes sociales, se hacen pasar como seres ofendidos y agredidos, víctimas, de los otros. Estos actúan siempre como agresores que impiden la realización del proyecto de los victimados. En la realidad no es así, pero se “vende” de esa manera a los demás. Hay un sector de la sociedad, ésas sí víctimas reales, que establecen una relación de empatía con el victimado y se convierte en su seguidor. La víctima pasa a ser siempre, a la manera de las religiones, objeto de seguimiento y celebración.
La posesión de la verdad. Al victimado, es parte de su ser, se le confiere la posesión de la verdad. Su condición de “mártir” le da un estatuto moral que lo hace superior a los otros; los victimarios. Así, todo lo que dice o hace es verdad en sí misma y no necesita ser justificada y menos probada. Con el martirio viene la ciencia infusa y con ella la sabiduría. La víctima es dueño de la verdad y el victimario vive siempre en el error, pero lo puede enmendar y volver a la gracia original si se pasa al bando del mártir. En ese momento él también es depositario de la vera doctrina.
La descalificación. La posibilidad del diálogo que conduzca al entendimiento de las razones del otro no existe. Eso sería “bajarse” a su nivel y claudicar a la condición de poseedor de la verdad. Lo “políticamente correcto” es decretar que el otro no merece ninguna consideración y por lo mismo debe ser denostado. Es siempre el enemigo, nunca adversario, y en esa condición no merece más que el insulto. Los adjetivos se convierten en un “arma” fundamental y los seguidores del político o el líder social aplauden con rabia la “valentía” de su guía moral.
La culpa la tiene el otro. Éste puede tener muchos nombres (imperialismo, burguesía, iglesia, rico, periodista, funcionario, empresario, comunista…) y es el responsable de todos los males sociales, pero también de los errores del líder. Si no existiera el otro, que siempre es “malvado”, las iniciativas y proyectos, de por sí bondadosos, serían posibles, pero no se alcanzan porque éste se interpone y no permite se realicen. La autocrítica o el reconocimiento de las propias fallas no caben.
La irresponsabilidad. El político y el líder social tienen una “misión” histórica que justifica de entrada toda su vida. A ellos les toca “ser” y todo lo que hagan o dejen de hacer vale por sí mismo. Nunca se hacen cargo de sus propios actos y tampoco están obligados a dar cuenta de ellos. Se vive en un permanente estado de gracia que los exime de la posibilidad del error y siempre existe la posibilidad de “depositar” en el otro las deficiencias y las fallas personales. Desde su lógica nunca hay consecuencias por lo que dice o hace. Se está “justificado” de antemano.
La discusión sin datos. El dato para argumentar lo que se sostiene es irrelevante. La verdad se “posee” de antemano y no requiere ser probada. El político y líder social reclaman a sus seguidores “creer” en ellos y en su “verdad” como acto de fe. El “dato” son ellos mismos. Si la realidad es otra de la que describen el problema es de ésta y no de ellos. Los datos duros siempre son “falsos” si contradicen la que dicen y “verdaderos” si les dan la razón. El criterio de verdad son ellos y no hay más. Los “datos” se construyen para darles siempre la razón.
El todo o nada. Si uno está en posesión de la “verdad” y representa los valores e intereses más nobles y el otro vive permanentemente en el “error” y es el representante del “mal” nunca están dadas las condiciones para hablar y negociar. Sólo hay lugar para el todo o nada. Si pasa lo primero se hace de la victoria que es propia de su condición de líder “justiciero”, pero si pasa lo segundo siempre tiene el recurso de hacerse pasar por víctima y mártir. La lógica es la de ganar o perder y nunca se ve la posibilidad, implicaría reconocer al otro como igual, la de ganar-ganar.
Estas “creencias” son expresión de nuestra realidad política y hablan de que un grupo de políticos, líderes sociales y amplios sectores de la población, a doscientos años de la Independencia y cien de la Revolución, todavía no “ingresan” a la modernidad y les molesta la democracia. Siguen viviendo y reproduciendo una cultura que se niega a aceptar su condición ciudadana, que exige responsabilidad y participación, y prefieren refugiarse en la condición de víctimas sumisas al amparo de un líder protector. ®

