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Rubén Aguilar Valenzuela

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Archivos de la categoría ‘Revista Replicante’

Siete caracterísiticas de la cultura política nacional

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Diciembre 7, 2009

 

 

 

Hay muchas maneras de abordar qué es la cultura política, pero quiero destacar aquellas definiciones en las que se propone que se trata de un conjunto de “creencias” compartidas que legitiman determinadas prácticas sociales y también las que enfatizan que se trata de actitudes y valores que son compartidos en el seno de una sociedad y trasmitidos de generación en generación. Comento siete de estas actitudes o creencias que comparten amplios sectores sociales y que configuran parte de la cultura política nacional.

La victimización. Los actores políticos, pero también los líderes sociales, se hacen pasar como seres ofendidos y agredidos, víctimas, de los otros. Estos actúan siempre como agresores que impiden la realización del proyecto de los victimados. En la realidad no es así, pero se “vende” de esa manera a los demás. Hay un sector de la sociedad, ésas sí víctimas reales, que establecen una relación de empatía con el victimado y se convierte en su seguidor. La víctima pasa a ser siempre, a la manera de las religiones, objeto de seguimiento y celebración.

La posesión de la verdad. Al victimado, es parte de su ser, se le confiere la posesión de la verdad. Su condición de “mártir” le da un estatuto moral que lo hace superior a los otros; los victimarios. Así, todo lo que dice o hace es verdad en sí misma y no necesita ser justificada y menos probada. Con el martirio viene la ciencia infusa y con ella la sabiduría. La víctima es dueño de la verdad y el victimario vive siempre en el error, pero lo puede enmendar y volver a la gracia original si se pasa al bando del mártir. En ese momento él también es depositario de la vera doctrina.

La descalificación. La posibilidad del diálogo que conduzca al entendimiento de las razones del otro no existe. Eso sería “bajarse” a su nivel y claudicar a la condición de poseedor de la verdad. Lo “políticamente correcto” es decretar que el otro no merece ninguna consideración y por lo mismo debe ser denostado. Es siempre el enemigo, nunca adversario, y en esa condición no merece más que el insulto. Los adjetivos se convierten en un “arma” fundamental y los seguidores del político o el líder social aplauden con rabia la “valentía” de su guía moral.

La culpa la tiene el otro. Éste puede tener muchos nombres (imperialismo, burguesía, iglesia, rico, periodista, funcionario, empresario, comunista…) y es el responsable de todos los males sociales, pero también de los errores del líder. Si no existiera el otro, que siempre es “malvado”, las iniciativas y proyectos, de por sí bondadosos, serían posibles, pero no se alcanzan porque éste se interpone y no permite se realicen. La autocrítica o el reconocimiento de las propias fallas no caben.

La irresponsabilidad. El político y el líder social tienen una “misión” histórica que justifica de entrada toda su vida. A ellos les toca “ser” y todo lo que hagan o dejen de hacer vale por sí mismo. Nunca se hacen cargo de sus propios actos y tampoco están obligados a dar cuenta de ellos. Se vive en un permanente estado de gracia que los exime de la posibilidad del error y siempre existe la posibilidad de “depositar” en el otro las deficiencias y las fallas personales. Desde su lógica nunca hay consecuencias por lo que dice o hace. Se está “justificado” de antemano.

La discusión sin datos. El dato para argumentar lo que se sostiene es irrelevante. La verdad se “posee” de antemano y no requiere ser probada. El político y líder social reclaman a sus seguidores “creer” en ellos y en su “verdad” como acto de fe. El “dato” son ellos mismos. Si la realidad es otra de la que describen el problema es de ésta y no de ellos. Los datos duros siempre son “falsos” si contradicen la que dicen y “verdaderos” si les dan la razón. El criterio de verdad son ellos y no hay más. Los “datos” se construyen para darles siempre la razón.

El todo o nada. Si uno está en posesión de la “verdad” y representa los valores e intereses más nobles y el otro vive permanentemente en el “error” y es el representante del “mal” nunca están dadas las condiciones para hablar y negociar. Sólo hay lugar para el todo o nada. Si pasa lo primero se hace de la victoria que es propia de su condición de líder “justiciero”, pero si pasa lo segundo siempre tiene el recurso de hacerse pasar por víctima y mártir. La lógica es la de ganar o perder y nunca se ve la posibilidad, implicaría reconocer al otro como igual, la de ganar-ganar.

Estas “creencias”  son expresión de nuestra realidad política y hablan de que un grupo de políticos, líderes sociales y amplios sectores de la población, a doscientos años de la Independencia y cien de la Revolución, todavía no “ingresan” a la modernidad y les molesta la democracia. Siguen viviendo y reproduciendo una cultura que se niega a aceptar su condición ciudadana, que exige responsabilidad y participación, y prefieren refugiarse en la condición de víctimas sumisas al amparo de un líder protector. ®

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Los medios de comunicación en la democracia mexicana

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Noviembre 12, 2009

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Artículo publicado en el No. 19 

 

 

 

La incidencia de los medios de comunicación en el debate público es evidente. Hoy muestran una amplia capacidad para intervenir en el diseño de la agenda del debate público. Habla de nuevos tiempos. Eso no está en duda.

Ahora los medios de comunicación tienen dos compromisos con sus receptores: desarrollar las condiciones para la difusión de cultura política y mediática que fomente las prácticas y los valores democráticos, e informar con la verdad.

Los medios de comunicación tienen un papel fundamental porque a través de lo que se ve, se escucha o se lee se crean los puentes de cercanía o lejanía entre los ciudadanos y la política. Los medios generan los espacios públicos a través de los cuales las personas integran o rechazan valores y comportamientos en relación con la política.

El papel de los medios es también educativo. La información que se transmite puede y debe ayudar a integrar las experiencias cotidianas como algo relevante para la convivencia democrática. El ejercicio de la tolerancia en las opiniones políticas es uno de los valores que las personas pueden aprehender a través del debate mediático. 

Los medios de comunicación tienen que contribuir en hacer del ciudadano un personaje activo en la vida pública. El desafío para los actores que intervienen en la toma de decisiones, incluyendo a los medios, es crear y afianzar una cultura política que respalde y consolide la democracia y el Estado de Derecho.

La democracia demanda a los medios una autorregulación fundada en la responsabilidad social y en la ética profesional. Éstos tienen la función social, no sólo de servir como fuentes de información del acontecer nacional e internacional, sino de ayudar a los receptores a analizar las noticias que reciben. 

Esto exige de los comunicadores un profesionalismo cada vez mayor. En la democracia el periodismo debe construirse a partir de la investigación de fondo y en la garantía de veracidad de las fuentes; que lo que se emite como noticia no provenga de dichos sin fundamento. Deben ser hechos comprobables.

El debate público debe ser más un espacio de deliberación que de confrontación. Cuando se presenta a través de sólo especulaciones y contradicciones el receptor percibe a la política sólo como un espectáculo que resulta muy lejano a lo que sería un real diálogo en torno al interés general. 

Para propiciar que la acción de comunicar sea más deliberativa que especulativa es preciso definir reglas claras y marcos de intercambio que permitan al receptor distinguir entre la información llana y los ejercicios noticiosos de opinión y de corte interpretativo.

La responsabilidad de los medios está dada por la objetividad en la emisión de los sucesos y no por el sesgo que pueda imprimirse a ésta de acuerdo con los intereses particulares del medio que los hace públicos. 

La tarea de los medios en la democracia está en el ejercicio de información objetivo, equitativo, respetuoso y crítico, de una tarea basada en la difusión de la verdad.

La idea de que el ciudadano es un receptor pasivo de la información ya no se sostiene. Ha llegado el momento de aprovechar la existencia de un número creciente de espacios de información pública para afianzar un mercado de calidad para un ciudadano cada vez más educado y activo.

Para ello, es preciso que los medios de comunicación incorporen a su lógica de acción la idea de que la información tiene un valor de utilidad para el ciudadano; que es a partir de ella que se puede formar una opinión o tomar decisiones. 

Una vez pasado lo que podríamos calificar como el boom de la libertad de expresión el receptor será cada vez menos complaciente con los emisores y comenzará a fijar castigos para aquellos que no cumplan las exigencias de calidad de un debate democrático.

Si los medios masivos persisten en fomentar las asimetrías de la información, porque ésta no es objetiva o imparcial, entonces poco podrán aportar al creciente interés ciudadano respecto de la acción pública.

La democracia demanda no sólo una reforma a las leyes que rigen la relación entre el Estado, los medios y la sociedad, sino una información apegada a la veracidad y al respeto a la integridad de las personas; una normatividad que integre incentivos para un mejor desempeño de los medios. 

Esto es posible si se promueven reglas tendentes a crear sistemas de autorregulación; si se establecen procedimientos para el derecho de réplica y para exigir el respeto a los derechos individuales; si se crea un marco de equidad que acote la relación entre ciudadanos, políticos y medios de comunicación.

La libertad de expresión y la libertad de prensa encuentran sus fronteras en el respeto a la dignidad, la vida privada y la estabilidad y la paz públicas. Los medios no pueden ejercer las libertades de prensa y de expresión de manera irresponsable porque existen derechos fundamentales que entrarían en tensión ante el hecho de que la libertad de expresión no se encontrara acompañada de una ética de las responsabilidades. 

Si los medios no ejercen mecanismos de autorregulación, entonces es muy probable que se propicie una situación en que los derechos individuales y colectivos resulten insuficientes para operar en contra de los excesos o sesgos en la información que se publique o difunda.

El derecho a la información debe hacerse efectivo en todo régimen democrático y esto no es responsabilidad exclusiva del gobierno sino una tarea compartida con los medios de comunicación. Sólo con la lógica de cooperación se puede constituir una cultura en la que se perciba el valor de la política y los beneficios de un sistema democrático en su justa dimensión. ®

 

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Francisco Xavier Clavigero

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Noviembre 30, 2008

Publicado en el número 17 de la Revista Replicante.

Francisco Xavier Clavigero

Publicado en Revista Replicante | 2 Comentarios »