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Rubén Aguilar Valenzuela

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    • Carmen Aristegui. 20 de octubre 2009 Noviembre 6, 2009
      Entrevista realizada el 20 de octubre del 2009. Transmitida por CNN en español. Conduce Carmen Aristegui 1/2     http://www.youtube.com/watch?v=S89_XW86mTw 2/2      http://www.youtube.com/watch?v=Nq2_hcSI4HI&feature=related Posted in Entrevistas

Archivos de la categoría ‘El Financiero’

La reforma fiscal necesaria

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Noviembre 3, 2009

elimparcialelfinanciero

 

 

La reforma fiscal profunda es inevitable y ahora mismo debe iniciar su discusión. Lo irresponsable, lo que atenta contra los intereses del país, es seguir dándole largas. Los parches, como ocurrió con la Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos 2010, son aberrantes. No sirven al gobierno, a los partidos y a los ciudadanos. A nadie dejan contento y sí a todos frustrados y molestos.

Desde hace 12 años, cuando el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados, la construcción de la Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos concentra y polariza una discusión que cada vez se vuelve más bizantina. Este ejercicio, año con año, sólo sirve para dejar al descubierto la miseria de la política mexicana y de sus actores, que siempre ponen por delante sus intereses particulares y cortoplacistas a los del conjunto y el largo plazo.

Nunca hay un buen tiempo para hacer una reforma fiscal que implica, siempre es un componente, incrementar la carga tributaria y ampliar la base de los contribuyentes. La elección está sólo en escoger el momento que resulta menos malo. Éste puede ser 2010, cuando la economía saldrá del crecimiento negativo y el PIB crecerá en un 3 por ciento.

Los partidos siempre ponen como pretexto que no pueden ir a una reforma fiscal de fondo, porque el calendario electoral se los impide. Según ellos, si están a favor de subir los impuestos, necesariamente perderán votos y con ellos la elección. Esta racionalidad estuvo presente en la discusión de la Ley de Ingresos, donde el PRI en el Senado se abstuvo de votar para no “cargar” con la decisión.

El actual sistema electoral, donde todos los años hay elecciones, actúa en contra de una reforma fiscal de fondo. Si bien es cierto, en 2010 habrá 11 elecciones para gobernador, la presidencial será hasta mediados de 2012. Las de gobernador tienen un ámbito propio y no serían afectadas por las decisiones que se tomen en materia fiscal, y hay tiempo para que los partidos se “recompongan” en la presidencial.

Las fuerzas políticas del país, pero también la sociedad, deben asumir de una vez y por todas, como bien lo plantea Luis de la Calle, que “el régimen fiscal mexicano es altamente deficiente en su diseño y su implementación. Es de difícil cumplimiento, distorsionante, poco eficaz en la recaudación, costoso de operar, inestable y claramente no exitoso en términos de redistribución del ingreso”.

Las finanzas públicas han entrado, agravado con la pérdida de las reservas y producción petrolera, en una dinámica donde todos los días, entiéndase de manera literal, crece el costo de posponer la reforma fiscal de fondo que dé certidumbre, estabilidad y elimine, de una vez y para siempre, las inútiles y aberrantes discusiones anuales que sobre la materia tienen lugar en el Poder Legislativo.

La posibilidad de una reforma fiscal de fondo implica costos políticos. Llegó el momento de pagarlos. El ideal sería que todos los partidos se pusieran de acuerdo; no es tan difícil si se tiene voluntad política, pero hoy no se ve que exista esta posibilidad en razón de visiones diferentes, pero sobre todo de la hegemonía de liderazgos políticos conservadores, que se han fijado en el pasado. 

Lo que parece posible es que PRI y PAN se pongan de acuerdo y ofrezcan al país una reforma fiscal que sirva para los próximos 20 años. Eso sólo depende de ellos. Al inicio habría reacciones en contra, pero harían un gran servicio al país. La sociedad se los reconocería y ellos, al final, se harían de un nuevo capital político. Los partidos que se marginen serían los que saldrían perdiendo.

La reforma fiscal de fondo incluye: un IVA universal y sin excepciones; una renta generalizada a tasa única; el cobro de todos los servicios públicos a lo que cuestan (el predial resulta fundamental); que existan incentivos para que los gobiernos recolecten; que se premie que los ciudadanos paguen. Supone también que el gasto se realice de acuerdo con las responsabilidades que la sociedad asigna a los gobiernos; que sea transparente y auditable; que no todo se destine al gasto corriente.

El aumento de la base gravable, pero sobre todo la aplicación de un IVA generalizado y sin excepciones, podría afectar la capacidad de compra de la población de los deciles con más bajo ingreso. En este caso se debe prever, es parte de la misma reforma fiscal, compensar esa pérdida con las trasferencias netas de recursos a estos grupos vía programas como el de Oportunidades.

La reforma fiscal de fondo en el corto plazo puede afectar la recaudación y elevar el déficit fiscal, es común que así ocurra, pero a partir del mediano plazo, sin duda que va a ofrecer una mayor recaudación que necesariamente va a redituar en certidumbre, certeza para el Ejecutivo y también los mercados, y pondrá fin a discusiones inútiles que tensan al país, lo polarizan y no conducen a ningún lado.

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La guerra contra el narco

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Octubre 27, 2009

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El narco: la guerra fallida (Santillana, 2009), es un libro escrito junto con Jorge Castañeda en el que analizamos la estrategia de “guerra” declarada por el presidente Calderón el 11 de diciembre de 2006, cuando decidió lanzar un ataque frontal contra todo el narcotráfico, en todo el territorio, con toda la fuerza a su alcance y todo el tiempo.

El trabajo quiere ser una invitación a la discusión y el debate de un tema fundamental, no sólo de ahora, sino desde hace ya muchos años. Nos proponemos “explicar, informar y desmitificar” lo que el gobierno plantea en relación con su estrategia, y también aportar elementos para que los lectores hagan su propio juicio.

En el texto, hacemos un análisis crítico sobre las premisas en las que se fundamenta la “guerra”. En primer lugar, sostenemos que no existen datos para afirmar que México haya pasado de ser un país de tránsito a uno de consumo, y tampoco que ha aumentado de manera significativa la demanda de drogas de acuerdo con las cifras del propio gobierno. 

Los adictos en México representan sólo el 0.4 por ciento de la población, no más de 450 mil ciudadanos, en una población de 110 millones de habitantes, que es un porcentaje muy menor con relación no sólo a Estados Unidos y los países de la Unión Europea, sino también a los de América Latina.

En segundo término, planteamos que si la razón era hacer frente al aumento de la violencia, todos los estudios, también los del gobierno, señalan que venía declinando desde el inicio de los años noventa, y la realidad es que, a casi tres años del inicio de las hostilidades, ahora existe un clima de violencia superior al que se pretendía combatir. 

La tercera afirmación, de que si el motivo de la guerra fue la penetración del “narco” en nuevas o más importantes esferas de la vida política nacional, tampoco es creíble: estamos hablando de México, no de Noruega. La complicidad del narco con las autoridades municipales, estatales y federales no nació ayer, sino hace ya muchos años.

En cuarto lugar, tratamos de demostrar que el tráfico de armas procedentes de Estados Unidos no es la causa de la violencia en México, como lo señalan las autoridades. La mayoría de países de América Latina tiene índices de violencia muy superiores a los nuestros, con armas que provienen de otras regiones.

El quinto tema es que la demanda estadounidense ha permanecido estable en los últimos 40 años, variando sólo en su composición: más mariguana en los sesenta y setenta; más cocaína (y crack) a partir de 1985 y hasta finales de siglo; más metanfetaminas desde entonces y hasta hace poco, cuando su consumo empezó a desplomarse.

Es cierto que mientras haya demanda en Estados Unidos, habrá oferta en México, en América Latina, y en el mundo entero; pero también es cierto que siempre habrá esa demanda, y que la sociedad estadounidense ha concluido, con razón, que el esfuerzo por reducirla no vale la pena; la demanda en la Unión Americana también es un dado, no una variable.

Por último, es el sexto tema, hacemos una propuesta de cómo enfrentar de otra manera al problema social que implica la venta y consumo de drogas que, por cierto, es un fenómeno que siempre habrá de existir. Para eso intentamos mostrar cómo el “éxito” de Álvaro Uribe en Colombia es un contraejemplo en relación con la estrategia de Calderón.

Damos datos que ilustran cómo Colombia ha logrado notables avances en la limitación de los efectos colaterales provocados por el narcotráfico -secuestros, atentados, guerrillas, paramilitares, corrupción, hostigamiento por parte de Estados Unidos- sin reducir la superficie sembrada de hoja de coca, o la producción y exportación de cocaína.

La estrategia alternativa consta de cinco puntos: el control de los efectos colaterales (violencia y corrupción); la reducción del daño; la constitución de una policía nacional; el cabildeo en Estados Unidos, para que asuman el cambio de estrategia, y el sellamiento terrestre y marítimo del Istmo de Tehuantepec.

Sostenemos, a partir del análisis de los argumentos ofrecidos por el gobierno para justificar la “declaración de guerra”, que fue una decisión política que se propuso lograr la legitimación supuestamente perdida en las urnas, por medio de la guerra en los plantíos, las calles y las carreteras, ahora pobladas por mexicanos uniformados.

Llegamos a esta conclusión, que no sólo es nuestra, junto con otros que la vieron antes. El lector, en cada uno de los seis capítulos, encontrará datos duros de fuentes del gobierno mexicano, de Estados Unidos, de organismos multilaterales e internacionales que fundamenten las tesis expuestas. El libro está ya en las librerías e invitamos a su lectura y debate.

Posdata:

Sigue la discusión del paquete de ingresos 2010. En los partidos impera la lógica político electoral y no la técnica. Nadie quiere asumir su responsabilidad y pagar el costo político que implica. El problema seguirá presente, lleva ya años, mientras no se decida una reforma fiscal sencilla y transparente, a la manera que hoy tiene Chile, para resolver el problema de fondo.

 

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Una decisión esperada

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Octubre 20, 2009

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La decisión de liquidar Luz y Fuerza del Centro (LFC) estaba tomada desde hace 15 años y, por lo mismo, no debe sorprender a nadie. Lo que no deja de llamar la atención es que a pesar de los estudios con los que contaba el Ejecutivo federal sobre el estado que guardaba la empresa, el evidente mal servicio que prestaba y el creciente e insostenible déficit que implicaba la inyección de cada vez más recursos públicos, no se actuara en consecuencia.

El gobierno había perdido el control efectivo de la paraestatal desde hace muchos años, y los “usos y costumbres” generados por el sindicato eran los que realmente conducían a la empresa. En la medida en que pasaba el tiempo, el espacio de maniobra de los dirigentes sindicales, los verdaderos dueños de LFC, se hacía más fuerte y reducía el de los directivos, que actuaban bajo la única consigna de evitar el conflicto.

La amenaza de las soluciones de fuerza por parte del sindicato, que siempre fue muy bien manejada por sus líderes, mantenía a raya cualquier iniciativa del gobierno. El sindicato no dialogaba, sino que se imponía. La arrogancia de los dirigentes sindicales y su seguridad en que el gobierno cedería ante el temor del conflicto social otorgaban al sindicato una privilegiada posición de fuerza de la que siempre hacía uso.

Los dirigentes sindicales, año con año, tensaban la cuerda, que parecía romperse en cada “negociación” del contrato colectivo. La soberbia de sus dirigentes sindicales, que asumían tener bajo control al gobierno, les impidió analizar con objetividad su verdadera correlación de fuerzas. Se negaron a ver que el entorno era cada vez más negativo a la empresa y sus trabajadores. Se negaron a ver que ya no sólo podían imponerse, sino que era necesario negociar.

En La Diferencia (Grijalbo, 2007), J. Castañeda y el que escribe, damos cuenta de la única recomendación que el presidente Zedillo hizo al entonces presidente electo Fox, que era sobre el camino que debería seguirse con LFC. Lo que le dijo fue que “durante su mandato había llegado a la conclusión de que sólo mediante la requisa y preparando una sólida estrategia de seguridad, para enfrentar a los trabajadores en las calles, se podrían cambiar las cosas”.

Le planteó también que “la única manera de resolver a fondo el problema de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro es que ésta se integre a la Comisión Federal de Electricidad”. Fox y Zedillo coincidían en que debían quedar a salvo “todos los derechos ganados” por los trabajadores. Zedillo, con los números en la mano, pensaba, tenía la razón, que “seguir pagando cada año lo que cuesta el contrato colectivo resulta insostenible”.

En el gobierno del presidente Zedillo el pago del contrato de LFC implicó fondos adicionales de la hacienda pública, al final de los contribuyentes, de ocho mil millones de dólares; en el del presidente Fox, de 12 mil millones de dólares, y al presidente Calderón le tocaría pagar unos 20 mil millones de dólares. En el encuentro entre Zedillo y Fox se habló de que el costo financiero de la medida requería fondos de cuatro mil millones de dólares, pero “gracias a ello luego se generarían grandes ahorros”.

Pese a tener muy claro lo que se debería de hacer para resolver el problema y evitar la pérdida creciente y absurda de los recursos públicos, Zedillo y Fox no lo pusieron en práctica, porque consideraron, con razón o sin ella, que en el momento que les tocó vivir, el uso de la fuerza pública, condición indispensable para resolver el problema, implicaba un costo político que les resultaba muy alto, incluso astronómico.

El presidente Calderón asumió los riesgos y tomó la decisión de poner en práctica la solución que ya se había visto desde años atrás. Ahora son otras las condiciones, hay más conciencia de la ciudadanía, mayor desgaste del sindicato y se vive una profunda crisis económica y de las finanzas públicas que obligan a la acción, pero eso no demerita la decisión del presidente, que se le debe reconocer.

Desde su origen, LFC era una empresa inviable. Las soluciones ideales, aunque se quieran, no existen. La toma de las decisiones en el ámbito del poder público se da, la gran mayoría de las veces, sólo entre males, y lo que toca es elegir el mal menor. Lo que siempre se debe de garantizar es que las decisiones sean legales, y desde mi punto de vista la que ha tomado el presidente, aunque no guste a unos y sí a otros, está apegada a derecho. Si alguien tiene duda, debe acudir a la SCJN, para que ésta se pronuncie.

Posdata:
El narco: la guerra fallida, de Rubén Aguilar V. y Jorge G. Castañeda, (Santillana, 2009), se coloca hoy en las librerías. En el texto, los autores ofrecen un análisis sobre las razones que esgrime el gobierno para sostener su “guerra” contra el narcotráfico y ofrecen su valoración de la misma. Plantean también cuál sería su propuesta para hacer frente al problema. En el próximo artículo me extenderé sobre el texto.

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