Mis cuadernos:

Rubén Aguilar Valenzuela

  • Archivo general

  • Calendario de publicaciones

    Noviembre 2009
    L M X J V S D
    « Oct   Dic »
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    23242526272829
    30  

Archivo de 13/11/09

Hace diez años….

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Noviembre 13, 2009

El Universal

Artículo publicado el 13 de noviembre de 1999. 

Otra mirada

La televisión mexicana, de ella no se podría esperar otra cosa, pero también más de un articulista y académico, algunos serios y de reconocido prestigio, no resistieron la tentación y se sumaron, sin ninguna distancia crítica, a los resultados del proceso en las elecciones internas celebradas por el PRI el pasado domingo. Lo nuevo de la mecánica, para sustituir el tradicional “dedazo”, no puede ignorarse y tampoco descalificarse sin más, pero es necesario analizar lo que realmente sucedió y determinar, con cuidado, cuál es la dimensión de los posibles cambios. Asumir así, nada más, que de la noche a la mañana el PRI se democratizó y la realidad política del país se modificó, sólo producto de las supuestas buenas intenciones del Presidente y su partido, no ayuda a la transición democrática mexicana.

El proceso, esto tiene que reconocerse, no pudo haber resultado mejor para el PRI. Los recursos financieros y humanos que se invirtieron fueron enormes, pero ellos solos no garantizaban el éxito. Hubo un diseño estratégico que no dejó nada suelto. Se consideraron con cuidado todas las etapas: la campaña, la elección y la reacción ante la misma. La historia, pues, les resultó redonda y tuvo un final feliz. Los fantasmas se disiparon, las posibilidades de la fractura se resolvieron y la dinámica que por momentos parecía perder el rumbo encontró su cauce a la hora de la verdad que es, así son las cosas, la única que cuenta. Lo demás resultó sólo especulación e insumo, para que los medios tuvieran materia prima con la cual alimentar sus noticieros y programas, para mantener la atención del gran público entusiasmado, como ante las peleas de box o el fútbol, de la disputa “mortal” entre Francisco Labastida y Roberto Madrazo.

La elección del domingo pasado arroja, de entrada, un conjunto de saldos positivos para el PRI. En el nivel interno: logró resolver contradicciones y tensiones entre diferentes grupos e intereses; dinamizó la estructura al generar entusiasmo y confianza entre sus militantes; abrió nuevos espacios para la participación que despierta expectativas entre los cuadros que aspiran a ser candidatos; cerró el espacio para los desgajamientos y las rupturas. En el nivel externo: ganó presencia en el conjunto de los electores que votarán en el 2000; recompuso, en parte, su imagen en el país y en la comunidad internacional; aumentó la intención de voto en favor del ahora su candidato oficial; mejoró su posición para aspirar al triunfo en las elecciones presidenciales del 2000.

Los cambios ocurridos en la manera de elegir al candidato del PRI a la Presidencia, a pesar de su éxito, no son garantía, así nada más, de que ese partido ya se democratizó y que, producto de lo mismo, se modificó la manera de operar del sistema político mexicano. El análisis del proceso revela que: no hubo una elección equitativa e imparcial; que hubo un candidato “oficial” que fue favorecido por el conjunto de la maquinaria; que no se respetaron las reglas que se establecieron para normar el proceso; que no se cumplieron los topes financieros que se acordaron previamente. No se trató, pues, de una elección democrática en sentido estricto. Vale para la misma el juicio que el presidente Zedillo hiciera de la elección de 1994 en la que ganó la Presidencia cuando afirmó que “fue legal, pero no equitativa”.

La organización de la elección no fue un acto de partido; de haberlo sido, otro hubiera sido su alcance, sino tuvo todas las características y atributos de uno de gobierno. El mensaje del Presidente de la República al país, a través de la televisión en cadena nacional, al fin de la jornada electoral priísta no hizo sino evidenciar, fue confesión de parte no pedida, de que se trataba de una acción de ese carácter y magnitud. El discurso de la televisión al fin de la jornada electoral, a través de programas de “análisis” y “debate”, era producto de un texto previamente construido y de ninguna manera obedecía a un análisis de lo que ocurrió en el proceso y en la misma elección. De pronto lectores de noticias como Ortega o comentaristas como López Dóriga y Zabludovsky fueron investidos como doctos politólogos para anunciar los nuevos tiempos: el PRI era ya democrático.

La carencia de un padrón electoral eligó al PRI a abrir la elección a todo el electorado como en alguna ocasión ya lo había hecho el PRD. Esto crea una situación particular. En sentido estricto no se trata, entonces, de una elección primaria en la que sólo participan los militantes del partido, como sucede en otras latitudes, sino de una elección abierta al conjunto de los electores. El actual padrón electoral de México tiene 58 millones de posibles votantes. El PRI organizó una elección a la manera de una real elección presidencial, en la que todos los electores estaban convocados e invitados a votar. El día de la elección se presentaron nueve millones de electores. Nadie, sería absurdo, puede negar la importancia de esta cifra, pero sí se hace necesario confrontarla con el número real de los posibles electores. ¿Cómo entender, entonces, ese número de votos? ¿Es un éxito rotundo? ¿Se trata de un fracaso? Reconociendo que no se trataba de una real elección presidencial las preguntas valen.

El método de elección cambió, es cierto, pero se mantiene todavía mucho de las viejas maneras. La “cargada”, de la que se quejaron los contrincantes de Labastida, estuvo siempre presente. La presión sobre los gobernadores y dirigentes partidistas no dejó de sentirse y también, tal vez fue lo que más influyó, el mensaje velado, pero muy efectivo, de que Labastida “era el bueno” porque era “el candidato del Presidente”. La vieja e inmensa estructura, a pesar del cambio de forma, supo escuchar y obedeció la línea que de otra manera, pero siempre línea, bajó desde “Los Pinos”. El cambio existe, pero no es de la dimensión de lo que se ha tratado de hacer creer. La democracia al interior del PRI está todavía lejos de ser alcanzada, pero ante las viejas maneras que todavía permanecen no se puede, sería un grave error, ignorar lo que esta fuerza política ha avanzado. No reconocerlo es negarse a la posibilidad de entender lo que ya sucede, pero también lo que podrá ocurrir en el futuro.

 

Publicado en El Universal, Hace diez años.. | Deja un Comentario »