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Rubén Aguilar Valenzuela

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Archivo de 17/10/08

Hace diez años…

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Octubre 17, 2008

Saramago: hereje y comunista

Publicado en El Universal, el 17 de octubre de 1998.

Carlos Fuentes, el escritor mexicano, es probablemente quien mejor ha entendido y podido expresar qué nos brinda la vida y la literatura de José Saramago. En marzo pasado en la presentación del ahora Premio Nobel de Literatura como expositor en la cátedra “Julio Cortázar” de la Universidad de Guadalajara, Fuentes leyó: “Eres un hereje, Saramago, y hereje quiere decir el que escoge, el que cuenta una historia diferente. Sigue narrando, Saramago, no cuentes la historia que nos contaron, sino la historia que imaginamos, la historia que aún soñamos. No aceptes ninguna verdad, Saramago, pide cuentas a todas las verdades. No te sometas a la civilización que nos imponen, Saramago, sigue creando una civilización a la que podamos pertenecer libremente. Avísales a los vecinos, Saramago, escribe para dar la voz de alarma, ahí viene el asesino, el déspota, el torturador, el indiferente, el desdeñoso, el que odia a todos menos a sí mismo, el que se encoge de hombros, enfréntalos, Saramago, con la pasión de tus novelas, no te des por vencido, Saramago, no te rajes…”.

La “herejía” de Saramago es una de las características de su literatura, pero también del hombre que él es. Los grandes personajes de sus novelas son los hombres y mujeres de a pie, los seres marginales, los que no tienen nada más que a sí mismos y su dignidad como Bilis­munda en Memorial del convento o Don José en Todos los nombres. No son las figuras, del “star system” las que interesan a Saramago. Siempre con una mirada amorosa y un humanismo radical, subraya el valor inalienable de la condición humana de sus personajes. La visión de Saramago parte siempre del otro ángulo, de la “herejía”, como se propone en El Evangelio según Jesucristo. Su condición de “hereje”, su negación a aceptar la versión oficial de la historia, lo acerca más a comprender el verdadero sentido de las cosas.

Saramago siempre dice, de manera suave e incluso dulce, lo que no está bien, lo que es injusto, lo que no está de moda. No concede. Es él. Aquí reside buena parte de su atractivo como hombre y literato. Cuando hoy nadie, o muy pocos se dicen comunistas, él se asume como tal. Saramago se entera del premio en la Feria del Libro en Francfort donde participa en el coloquio: ¿Qué significa ser comunista hoy?. En su intervención, ante la experiencia del socialismo real, él mismo se preguntó: “¿Es aún posible ser comunista? Pienso que sí. Con la condición, reconozco que nada materialista, de que no se pierde el estado de espíritu. Ser comunista o ser so­cialista es -por encima de todo, y tanto o aun más im­portante que el resto- un estado de espíritu. En tal sen­tido, ¿fue Yeltsin alguna vez comunista?, ¿lo fue alguna vez Stalin? El epígrafe que puse a Casi un objeto, sacado de la Sagrada familia, confine y explica de modo claro y definitivo lo que estoy tratando de explicar: Dicen Marx y Engels, “Si el hombre es formado por las circunstancias, resulta necesario formar las circunstancias humanamente”. Ahí esta todo. Sólo un “estado de espíritu comunista”, puede tener presente como regla de pensamiento y con­ducta esas palabras. En todas las circunstancias”.

Saramago insiste -lo expresó durante su estancia en México cuando visitó Chiapas- en la necesidad imperiosa de construir un mundo más justo. Si los seres humanos, dice, son producto de sus circunstancias, lo que se hace necesario es crear circunstancias humanas, que permi­tan que los hombres y mujeres del mundo se desarrollen mejor. Se trata de un problema ético que exige una toma de postura. El, entonces, se asume como un comunista “de espíritu”. La utopía socialista sigue siendo válida, en eso insiste Saramago, aunque las formas específicas con las que se intentó hacer realidad ese espíritu resultaran un fracaso y estén en cuestión. El capitalismo no es capaz, sostiene el escritor, de resolver los problemas de la pobreza y la miseria y el socialismo todavía, no ha ago­tado todas sus posibilidades deliberación. El se reconoce como un pesimista de las posibilidades del género hu­mano, pero asegura que los pesimistas son los que “po­nen mayor esfuerzo en la construcción de la sociedad nueva”.

Ante el hecho de que a un “hereje” y “comunista” se le haya otorgado el premio Nobel por su obra, según la Academia Sueca “con parábolas sostenidas por la ima­ginación, la compasión y la ironía, vuelve constantemente comprensible una realidad huidiza…” El Vaticano reaccionó con intolerancia y espíritu inquisitorial como lo había hecho el año pasado cuando se entregó el Nobel de Literatura a otro “comunista”, el italiano Dario Fo. L’Oser­vattore Romano esta vez dijo que Saramago era un “comunista recalcitrante” y que la Academia Sueca había otorgado un “reconocimiento ideológicamente orienta­do”. De acuerdo con el Vaticano, entonces, Saramago y todos los humanistas recalcitrantes como él, bajo ninguna circunstancia merecen nada más que la inquisición. El Vaticano no entra a la discusión sobre las posiciones del escritor, simplemente lo juzga y descalifica. Triste papel el de una iglesia que no hace más que evidenciar lo lejos, muy lejos, que está de este mundo. ¿Tiene sentido una iglesia así?

Si algo hay que reconocer y admirar en Saramago, el hombre y el literato, es su constancia y dedicación. No es el “genio” de la literatura que a los 20 años se “consagra” -no tengo nada en contra de los genios ni de la juventud- como producto de la mercadotecnia editorial, no es el “poeta maldito” o “el infante terrible” de las crónicas periodísticas. Es sí el trabajo y la construcción dura y difícil de todos los días a lo largo de toda una vida. Entre su primera novela, que no tiene ningún éxito, Tierra de pecado (1947), y su segunda obra, Pintura y caligrafía (1977), pasan 30 años. Es a partir del éxito de Memorial del convento (1982), que Saramago consigue reconocimiento. Tiene entonces 60 años. El mismo dice: “Si hubiera muerto antes de los 60, nadie me conocería”. Ahora, cuando recibe el Nobel tiene 75.

Horacio Costa, crítico brasileño, plantea de Saramago que “en un mundo que parece haber perdido el sentido común, y en el cual parece inclinarse hacia el binomio consumo y mercado, esta dedicación fundamental no puede dejar de admirarse” y añade que “sus novelas son cada vez más exigentes, más autoritarias para con el lector, y parecen escritas tanto a contracorriente del uni­verso light  de la posmodernidad mercadológica, como de los experimentalismos que caracterizan a la alta mo­dernidad internacional”. El joven escritor español. Juan Manuel de Prada, dice de la obra de Saramago que es “escritura de realidad y revisión histórica” que “aboga por el humanismo frente al silencio burocrático que nos opri­me”. El nuevo Nobel exige a sus lectores. No concede. Por eso llama la atención el comentario del también Premio Nobel, el poeta polaco, Czeslaw Milosz cuando dice “no soporto” la obra de Saramago porque, según el, es una literatura fácil y de moda. Estoy en desacuerdo absoluto con esta afirmación. Cada lector tendrá, con todo, que hacer su propio juicio.

Posdata:

A propósito del reconocimiento, Manuel Vi­cent escribió en El País: “Saramago es un escritor vertical. Por lo demás, es bien sabido que una persona sabia se recupera en seguida de un fracaso y que un idiota no se recupera nunca de un éxito. Como Saramago es un sabio, sin duda soportará la gloria con escepticismo y, después de dar las gracias como un caballero portugués, seguirá escribiendo obras maestras desde la soledad de la lava”. Eso esperamos todos sus lectores.

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