”El dinero destruye ciudades, expulsa a los hombres de sus casas, el dinero trastoca las mentes hornadas de los mortales…” Sófocles, en Antígona
La gravedad de la crisis financiera que hoy se extiende por el mundo es comparable a la de 1929. El final del túnel está lejos y todavía pueden ocurrir muchas cosas. Existen márgenes de maniobra, pero si las autoridades monetarias de los Estados Unidos no aciertan a la solución el problema puede derivar en una catástrofe todavía mayor a la que ya se vive.
La crisis, cuyo epicentro son los Estados Unidos, revienta con las hipoteca subprime, de alto riesgo, después se extiende a las hipotecas de primera clase, a las hipotecas comerciales, al crédito del consumo y al de las empresas. Los efectos traspasan las fronteras de Estados Unidos y contaminan al sistema financiero internacional.
Del estallido de la crisis se responsabiliza de manera particular a la Fed, el banco central norteamericano, que permitió la expansión financiera sin base real y no puso coto a las prácticas especulativas. La crisis puso de manifiesto que la mayor parte de las operaciones que realiza el sistema están fuera de regulación.
Con todo, el origen de la crisis está en una economía cada vez más especulativa apoyada en el apalancamiento, es decir, en instrumentos financieros (bonos, acciones, opciones, futuros, títulos, etcétera) cuyo valor es muy superior al de los activos en que se sostienen. Hoy el valor económico real de los activos del mundo es tres veces inferior al de los instrumentos financieros.
La irracionalidad de los mercados se refleja con claridad en los casos extremos de la banca de inversión donde las cinco mayores firmas independientes de los Estados Unidos -Goldman Sachs, Merrill Lynch, Morgan Stanley, Lehman Brothers y Bear Stearns- tenían un nivel de deuda de 41 a 1. Eso provocó su crisis y la quiebra de algunas.
En agosto del 2007, ante la sequía del mercado crediticio, y para evitar mayores problemas viene la primera inyección de los bancos centrales de Europa y Estados Unidos que todavía sigue. El FMI estima que por ahora la pérdida del sistema financiero mundial es de 1.3 billones de dólares. Un 37 % superior a lo que se había calculado. A eso se debe añadir lo que está por meterse. Todos son recursos de los contribuyentes.
Las autoridades norteamericanas han invertido 230 mil millones de dólares para rescatar a las hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae y al banco Bear Sterns. Ahora el Congreso aprobó inyectar otros 700 mil millones de dólares, para rescatar al conjunto del sistema. El secretario del Tesoro Hank Paulson argumentó que sin esa cantidad era imposible sanear el sistema financiero y evitar una larga y profunda recesión en su país.
La crisis tiene efecto mundial. El crecimiento de los países más desarrollados ha sido revisado a la baja. Se estima que no será más de 1.3 % en el 2008 y 2009. Menos de la mitad de lo estimado para el 2007. A la crisis financiera se suman las presiones inflacionarias derivadas del aumento de los precios de las materias primas y los alimentos.
El FMI predice un largo período de ajuste. En el corto plazo hay que acortar la duración y gravedad de la crisis. Reducir la incertidumbre y devolver la confianza al sistema financiero. En el mediano y largo plazo se requiere reforzar el sistema financiero con medidas de operación más estrictas, un proceso de despalancamiento del sistema financiero, normalización del ciclo de la vivienda y políticas monetarias más pertinentes.
El sistema financiero mundial y el de Estados Unidos en particular no volverán a ser los mismos. La credibilidad y liderazgo económico de Estados Unidos quedó destrozado. Wall Street dejó de ser el centro mundial de las finanzas. Esto va a provocar la construcción de una nueva arquitectura financiera donde los centros regionales (Shanghai, Dubai, Singapur…) tendrán mayor importancia. Ahora China y Rusia, también otros países, están valorando si sus reservas las guardan en dólares o cambian de divisa.
Hasta ahora las economías emergentes han demostrado capacidad para enfrentar los efectos más graves de la crisis. Es el caso de México. Robert Engle, premio Nobel de economía 2003, asegura que esta no afectará mayormente al país. En un inicio se pensó que los daños iban a ser cuantiosos por la estrecha relación que guardan las economías de México y Estados Unidos. A la reducción del riesgo ha contribuido: el alto nivel de capitalización de la banca mexicana y la sanidad de sus finanzas públicas.
Si bien el efecto de la crisis no será como se esperaba ya impacta a las actividades ligadas a la economía de Estados Unidos. Las mayores afectaciones se dan en la industria manufacturera, sobre todo la de exportaciones automotrices y de la construcción, el turismo y la llegada de las remesas. Esto afectará, no es el único factor, al ya bajo crecimiento económico y del empleo. Hay que ser cuidadosos, la crisis todavía no está resuelta.