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Rubén Aguilar Valenzuela

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Archivo de Junio 2008

Entierro y acta de defunción

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Junio 24, 2008

“Limitarse sin más a la queja o al pataleo continuo, sin participar, es una actitud de vasallo, no de ciudadano”  Fernando Savater, filósofo

 

El día del presidente, una de las prácticas más aberrantes del ceremonial de los años del régimen de partido de Estado, estaba muerto desde hacía 20 años, pero el Ejecutivo y el Congreso se resistían a enterrarlo y firmar su acta de defunción. Ese día por fin llegó.

 

Por más de 40 años el informe presidencial del 1 de septiembre de cada año fue la expresión acabada del sometimiento de los poderes, en particular del Legislativo, al presidente de la República. Era el símbolo más visible del presidencialismo monárquico que se construye al término de la etapa armada de la Revolución Mexicana.

 

Fue por muchos años el momento culminante del culto a la persona del presidente en turno. En cadena nacional no sólo se transmitía el informe sino también el traslado del presidente de su residencia, pasando por Palacio Nacional, al lugar donde pronunciaría su discurso.

 

En la cima del autoritarismo los presidentes cometían todo tipo de excesos y atropellos sin el menor respeto por la sociedad. Son memorables y de triste recuerdo las gestiones de Echeverría y López Portillo. Los presidentes por años se comportaron como reyes de opereta o dictadores de república bananera.

 

Las fotografías y videos recogen la vergonzosa actitud de políticos y funcionarios que el día del informe se les vio correr detrás del carro presidencial, aquel viejo Lincoln negro descubierto, modelo 1976 y placas BWP. Eran, de eso no hay duda, otros tiempos. Los del sometimiento absoluto a la voluntad presidencial. Quien no lo hacía pagaba las consecuencias.

 

Con los años, el día del presidente se convirtió en el día contra el presidente. Este cambio inició en el último año del presidente Miguel de la Madrid, pero día con día fue agravándose. La crisis se vuelve irreversible cuando el PRI pierde la mayoría absoluta de la Cámara de Diputados en 1997.

 

Por 20 años, a veces en la ambigüedad, están ahí los años de los gobiernos de Salinas, Zedillo y los primeros de Fox, se hace evidente que el ritual resulta a todas luces absurdo, pero se mantiene. Se habla de la necesidad de cambiarlo, pero nadie se lo propone.

 

La situación es insostenible en el último año de Fox que se ve obligado a entregar el informe, para cumplir con el mandato constitucional, a la entrada de la Cámara de Diputados. En el primer año de Calderón se negocia, también para obedecer la norma, que lo entregue en el recinto, sin pronunciar discurso y con la ausencia de los partidos integrados al FAP.

 

El cambio en el formato del informe presidencial llega con 20 años de retraso. Nos revela. Ésos son los tiempos de México. Tenemos una sociedad y una clase política, incluye a todos los partidos, conservadora e incapaz de acelerar las transformaciones que se requieren. Seguimos aferrados a la tradición.

 

El país avanza, pero muy por abajo de la velocidad a la que tendría que ir. Es urgente acelerar el paso. Hoy la mayor tragedia de la política en México es vivir en el rezago propuesto como virtud y no como límite. Esto pasa mientras otros países toman ventaja al acelerar los cambios que exige la realidad globalizada.

 

La reforma de los artículos 69 y el 93 de la Constitución pone fin a una época. Ahora sólo se exige que el presidente envíe al Congreso el informe anual de su gestión por escrito. Se establece también la “pregunta parlamentaria”. Los senadores y diputados podrán hacer preguntas por escrito al Poder Ejecutivo, que responderá antes de 15 días.

 

El presidente y los secretarios, a invitación del Congreso, se harán presentes en el mismo. Sus intervenciones se harán bajo protesta de decir verdad. Esto debería ser igual para los congresistas que con mucha frecuencia utilizan información falsa para argumentar sus posiciones, pero esto no se contempla en la reforma aprobada.

 

Estos cambios aportan a una relación más equilibrada entre el Poder Ejecutivo y Legislativo. Es un paso, pero falta mucho para construir una relación más constructiva entre ambos poderes. Los mecanismos del autoritarismo deben ser sustituidos por los propios de la democracia. El desprestigio de los partidos y de los legisladores tiene que ver con su incapacidad para responder en los términos y tiempos que demanda la sociedad.

 

La Constitución ha tenido casi 500 modificaciones después de su promulgación. Se requiere de un texto que responda a las exigencias de la democracia, el equilibro de los poderes y el nuevo papel de la ciudadanía en la construcción de lo público. Todavía queda mucho por cambiar, para adecuarla a la nueva realidad mundial y nacional. El texto constitucional no es dogma de fe sino instrumento práctico que orienta y guía la acción. Los acuerdos alcanzados en el periodo extraordinario señalan el camino a seguir: voluntad política de las partes.

 

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¿Cambiar o no cambiar?: ese es el dilema

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Junio 17, 2008

“Todo lo que me rodea en la vida diaria lo encuentro falso,  contaminado por la política. Vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto”. Gao Xingjian, premio Nobel de literatura 

Ese fue el comentario constante de académicos, periodistas, políticos y empresarios españoles con quien nos reunimos Jorge Castañeda y yo en Madrid donde presentamos La diferencia: radiografía de un sexenio, que comentó Miguel Ángel Bastenier. Los españoles que quieren y admiran a México se preguntan, lo hacen una y otra vez, por qué nuestro país no realiza los cambios que se ven convenientes y también urgentes.

Lo mismo sucedió al presidente Felipe Calderón y su comitiva en el viaje que realizaron a España. Los españoles no entienden por qué México se niega a cambiar. A sus preguntas sobre por qué no avanza la reforma petrolera y la explicación de que la Constitución no permite la inversión privada en el sector no comprenden por qué no se puede  modificar o cambiar. Ellos lo hicieron. La Constitución no es dogma de fe sino un medio, para alcanzar el propósito de elevar las condiciones de vida de la población.

Sobre el tema los socialistas españoles hablan con conocimiento. El presidente Felipe González privatizó la empresa de petróleo en 1992. A partir de entonces España goza de una industria petrolera exitosa y sus empresas son hoy de las más grandes del mundo. Una de ellas hizo los últimos descubrimientos en aguas profundas de Brasil. La privatización trajo al Estado español más beneficios en ciencia, tecnología, inversiones, empleo e impuestos de lo que la empresa del gobierno le dio en cualquier otra etapa.  En México está no es la discusión porque nadie piensa que conviene privatizar Pemex.

 

La decisión del rumbo que debe tomar el país es de los mexicanos. La posición de los españoles viene a cuento sólo para ilustrar cómo se ve hoy a México en el mundo. Se piensa tienen un enorme potencial pero se está quedando atrás y muy lejos de sus reales posibilidades de desarrollo. El presidente Calderón señaló desde España que hasta ahora la discusión de la reforma petrolera ha sido más histórica e ideológica que técnica. Tiene razón. Ese es el tono de la discusión que está en los medios. La que ocurre en el Senado no trasciende a la sociedad. La intervención del presidente de inmediato provocó la reacción de los dirigentes opositores que se oponen a la iniciativa enviada por el Ejecutivo.

 

 

Estos líderes quieren ver un presidente a modo. Que permanezca  callado, para ellos controlar la discusión en razón de sus intereses personales y políticos.  No quieren  que defienda su propuesta y que explique a la sociedad sus posiciones. Él tiene que meterse al debate. Es tarea histórica de la presidencia argumentar a favor del cambio en esta fase del desarrollo democrático. Debe aclararse que más allá de la retórica quienes se oponen a las reformas se niegan a que los grandes sectores del país tengan mejores condiciones de vida. En la lucha de las ideas es necesario que se ponga en evidencia de qué lado están los que prefieren permanecer en el pasado.

Se tiene también que dar a conocer cuáles son los cambios que han hecho otros países del mundo para hacer avanzar su industria petrolera. Están los casos de Noruega, Brasil, Cuba, Vietnam y Argelia, pero también los de Venezuela y Bolivia, para mencionar algunos. Debe decirse por qué conviene seguir el ejemplo probado, no es un salto al vacío, de las transformaciones que en la materia han hecho países que ahora tienen una muy sólida y rentable industria petrolera que ha sido punta de lanza para alcanzar nuevos niveles de desarrollo que benefician a todos sus habitantes. Este y no la defensa del dogma es el propósito. No hay que perderlo de vista.

La acotada iniciativa de la reforma petrolera va en esa dirección. Están en juego dos cosas: El contenido de la iniciativa, pero todavía más, que en un real debate la sociedad mexicana cambie de mentalidad y siga en el esfuerzo de construir una nueva cultura política, la que México requiere hoy. La anterior es lastre. El Ejecutivo tiene que elevar el nivel del debate y ponerse al frente. Sólo así va a llegar a los medios. Sin duda habrá ruido político y mediático. Si el presidente privilegia el silencio sobre el debate, para evitar el ruido, va a perder un tiempo precioso, pero, sobre todo, deja pasar la posibilidad de contribuir a que la sociedad cambie de fondo. Esa también es su responsabilidad. La decisión está en sus manos.

México tiene todo para convertirse en la primera potencia de América Latina y una de las grandes del mundo; cuenta con un extenso territorio, miles de kilómetros de costas, petróleo, materias primas, más de cien millones de habitantes, profesionales preparados, mano de obra capacitada, una plataforma industrial amplia, una sólida cultura y una rica historia, pero no hace lo necesario para ocupar el sitio que debe tener.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

México tiene todo para convertirse en la primera potencia de América Latina y una de las grandes del mundo; cuenta con un extenso territorio, miles de kilómetros de costas, petróleo, materias primas, más de cien millones de habitantes, profesionales preparados, mano de obra capacitada, una plataforma industrial amplia, una sólida cultura y una rica historia, pero no hace lo necesario para ocupar el sitio que debe tener.

  

 

 

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La disputa mediática por la reforma petrolera

Publicado por Rubén Aguilar Valenzuela en Junio 10, 2008

 

Estoy convencido de la necesidad de una reforma petrolera amplia fundada en estudios comparados de las mejores prácticas internacionales, como lo propuso Carlos Elizondo Mayer Serra, y también que se requiere una discusión, para el bien de todos, que trascienda mitos y lugares comunes. El presidente Calderón envió al legislativo una iniciativa de reforma petrolera muy acotada, para contra con la aprobación del PRI. Debió acompañarla de una clara y persistente estrategia de comunicación. No lo hizo.          

 

El Ejecutivo tuvo que haber previsto le iba a resultar muy difícil hacer pasar una propuesta, por menor que fuera, en el marco de la todavía mayoritaria cultura política mexicana caracterizada, entre otras cosas, por un nacionalismo primitivo, por la defensa de un estatismo que ha tenido grandes costos para el país y el rechazo a todo tipo de intervención privada en la industria petrolera.

 

Los adversarios de la iniciativa desde el inicio “sacaron” el debate de las mesas del Senado, para llevarlo a los medios. Asumieron que la lucha era mediática y no técnica. Construyeron un discurso militante que siguió las claves de la vieja cultura política construida en los años del autoritarismo priísta. Se articula a partir de los dogmas de la revolución mexicana, de verdades a medias o de francas mentiras aprendidas en los textos escolares. Es una tradición que resulta común al PRI y al PRD. Ellos se encargan de reproducirla. El gobierno, en cambio, no ha podido construir un discurso convincente, de suyo difícil en este contexto cultural, para argumentar a favor de su propuesta.

 

A lo largo del monólogo que ha tenido lugar en las mesas convocadas por el Senado las intervenciones de quienes están contra la iniciativa lo hacen desde su militancia a favor de una causa. Buena parte de ellos son manifiestos partidarios de López Obrador, pero no necesariamente del PRD. El carácter de quienes argumentan a favor de la reforma no tiene esa condición y las más son personas ajenas al gobierno.       

 

Las primeras se saben que son enviados como apóstoles y las segundas expresan su posición sólo a título personal. A la estrategia comunicacional de quienes rechazan la reforma se añade ahora la idea de hacer un referéndum. Esta propuesta, que no existe en la estructura legal y por lo tanto sus resultados no son vinculantes, ha tenido una buena aceptación entre la población. Las distintas encuestas revelan que más del 70 por ciento de los entrevistados aprueban se les consulte sobre el contenido de la iniciativa.

 

La posición de los adversarios de la reforma es más cómoda. No necesitan articular nuevas ideas. Se apoyan en el viejo discurso del nacionalismo revolucionario en el que se ha educado muy buena parte de la sociedad mexicana. Los planteamientos propios de la izquierda están fuera de la discusión. No son su referente. El éxito de la reforma de otros países tampoco cuenta. De manera irreflexiva se cierran a considerar la existencia de cualquier propuesta. Se aferran al pasado. En él, como todo conservador, se sienten más seguros.  

 

La estrategia de medios les ha dado resultado y cada día se aleja más la posibilidad de que la iniciativa enviada por el Ejecutivo se apruebe en los términos que le interesa. El  efecto más claro del éxito mediático es que el PRI ha modificado su postura. Nunca apoyará una iniciativa que le traiga el rechazo de un electorado que en muchas regiones del país se disputa con el PRD. Hay una base social que les es común. El PRI sabe, se lo dicen las encuestas, que ante la radicalización de López Obrador y su movimiento puede recoger la intención de votos de esos sectores en la contienda federal del 2009.   

 

El gobierno tuvo que haber acompañado el envío de la  iniciativa con una estrategia de comunicación que contemplara, entre otras cosas, la presencia de un portavoz que diera a conocer de manera sistemática la posición del gobierno, por un lado, y, de otro, que saliera al paso de las medias verdades y al discurso ideológico de quienes se oponen sistemáticamente a la reforma. Aunque se anunció que la portavoz del gobierno sería la secretaria de Energía, Georgina Kessel, reconocida académica y especialista, en los hechos nunca ha actuado como tal. No queda claro si es por no tener el perfil adecuado o porque tienen instrucciones de permanecer al margen.        

 

La decisión del gobierno ha sido la de no entrar a la disputa en los medios. Eso ha evitado algún ruido, es cierto, pero también provocado que sus posiciones estén relegadas del debate. Se ha dejado la iniciativa a los adversarios de la reforma que todos los días, en una sistemática y agresiva campaña, están presentes en los medios proponiendo su posición. El gobierno ha perdido tiempo y cedido posiciones. Si quiere influir en la discusión tiene que cambiar de estrategia. Hasta ahora está perdiendo la disputa mediática y también el apoyo del PRI. Así no puede sacar su propuesta. Si no lo hace ya sabe cuál es el resultado.

 

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